Mediados del siglo XIX (aproximadamente en la década de 1840 o 1850).
Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec.
Por Luis Villanueva
Hablar de Antonio López de Santa Anna implica tratar con un personaje sui generis: patriota a modo, ambivalente, advenedizo e incluso arribista; pero poseedor de una carismática personalidad que ha trascendido el tiempo, cautivando no solo a la tropa y gente de su época, sino también a muchos estudiosos y curiosos de su persona durante los últimos doscientos años. Lo anterior a través de los acervos bibliográficos, hemerográficos y audiovisuales, físicos o digitales, que han permitido a más personas acercarse a su ser, misma que ha provocado empatía, simpatía, discrepancia e incluso, rechazo hacia su persona. Y con ello, no pocos enfrentamientos entre quienes lo han apoyado (y aún en el presente, lo apoyan) y los que han disentido o disienten de él. Así, el que fuera apodado “el quince uñas” o llamado con el título que se adjudicó posteriormente: “Su Alteza Serenísima”, Santa Anna ha sido uno de los personajes de la historia de México más polémicos que a la fecha ha tenido este país.
Con el fin de conocer, y con ello entender al personaje desde su contexto histórico, militar y político, en este trabajo se abordan las tres etapas iniciales por las cuáles transitó el otrora general durante sus primeros 13 años de vida castrense: la realista, la insurgente-imperialista y finalmente, su inicio como republicano. Todo basado en documentos contemporáneos al célebre personaje, disponibles en los diferentes acervos documentales digitales y algunos (los menos), tangibles de actualidad. Debido a lo anterior, este trabajo queda corto para conocer a profundidad al personaje, pero sí puede servir de auxiliar para descubrir sus primeros pasos como militar, su meteórica ascendencia en este escalafón y su ambivalencia política, derribando en el trayecto, algunos mitos.
Cabe mencionar que respeté la ortografía y redacción original empleado en los documentos consultados y en todos los casos, las negritas son mías. Deseando que el presente sea de interés para sus posibles lectores, quedo de todos ustedes.
El autor.
“Los hombres de armas que hacían la guerra”.
Antonio López de Santa Anna: realista, insurgente-imperialista y republicano.
(1810 a 1823)[1]
Por Luis Villanueva
Santa Anna, realista
(1810 a 1821).
El 21 de febrero de 1794, en la entonces villa de Xalapa de la Intendencia de Veracruz, nació Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón, hijo legítimo del Lic. Don Antonio López Santa Anna y de Dña. Manuela Pérez Lebrón[2]. Inició la carrera de las armas desde muy joven, llevando a cabo las pruebas pertinentes de calidad social solicitadas en aquellos tiempos para obtener, el 6 de julio de 1810, el nombramiento de caballero cadete en el Regimiento de Infantería fijo de Veracruz [3][4]. Así, con 16 años de edad, Santa Anna dio inició a su trayectoria en el ejército realista de Nueva España, a la cual diligentemente sirvió por casi 21 años. Durante sus pininos, participó activamente en diferentes campañas militares que le fueron dando experiencia, al mismo tiempo que se forjaba su carácter y personalidad. Acciones como las llevadas a cabo contra las fuerzas insurgentes en la provincia de Nuevo Santander[5] por el coronel de infantería fijo de Veracruz, gobernador político y militar de la misma, Joaquín de Arredondo y Mioño. Tras las acciones victoriosas emprendidas el 9 de mayo de 1811 por el citado jefe realista sobre el insurrecto Fray Juan de Villerías, el agrupamiento al que pertenecía Santa Anna, dirigido por el teniente coronel Manuel de Iturbe, se encontró la mañana siguiente con un grupo de los recién vencidos, a los que persiguió y propinó un nuevo revés matando a algunos de ellos y capturando a otros más. En el parte militar de esta acción, se menciona lacónicamente que el cadete “Antonio López Santa Anna” se condujo “distinguidamente”[6]. Casi cuatro meses más tarde, entre el 29 y 30 de agosto de ese año, el cadete participó nuevamente en otro enfrentamiento contra los alzados, pero ahora bajo las órdenes del capitán Josef Daicemberg. En este encuentro, fueron derrotadas las fuerzas del insurgente Desiderio Zárate, que logró escapar y del “indio Rafael”, que murió en el combate. Por esta acción el capitán “elogió señaladamente”, entre otros, a “D. Antonio López de Santa Ana” por “el espíritu que mostraron”[7]. Ambas situaciones posiblemente influyeron para que el cadete caballero fuera nombrado teniente graduado por Su Excelencia[8] el 6 de febrero de 1812[9][10], junto con la distinción de portar un escudo de honor en su brazo izquierdo, concedido por el comandante general. Una vez finalizado su periodo de instrucción, obtuvo el 8 de octubre de ese mismo año el grado de subteniente.
Poco más de tres años permaneció en estas labores de pacificación, hasta que el 7 de julio de 1815 fue ascendido por real despacho a teniente de granaderos del segundo batallón residente en Veracruz, con una nota de “buen oficial”[11][12]. El 13 de octubre de 1816, recibió del gobernador intendente de Veracruz mariscal de campo José Dávila, el mando de una división en Boca del Río compuesta de 192 hombres y un pequeño cañón, para que con parte de esta tropa más la que se le pudiera proporcionar de la guarnición de Veracruz y de San Juan de Ulúa, saliera a recorrer los alrededores y serranías, con el fin de “desbaratar las reuniones de bandidos, reducir a poblado las familias que estaban en los montes y escarmentar a los rebeldes…”. Siguiendo esas instrucciones, sostuvo contra los alzados sendos combates los días 20 y 21 de octubre, en los sitios de San Campus[13] y Cotaxtla, de donde retornó victorioso a Boca del Río[14]. Posteriormente, el 22 envió a una partida a reconocer una ranchería en los contornos de “Coyocuenda”, cuando fueron atacados por 40 rebeldes. Pero el piquete realista logró dispersar a los atacantes después de matar a dos de ellos. El día 24 llegaron a "Tlaliscoano", en donde el comandante de dicho punto solicitó su apoyo para recorrer los ranchos de Rincón Cuchara. Tras facilitarle 70 hombres de infantería y caballería a las órdenes de Manuel López de Santa Anna, se logró capturar a varios rebeldes con el apoyo de algunos paisanos[15].
Estas acciones, en conjunto con otras más, dejaron satisfecho a Dávila, quien le otorgó para llevar en sus hombros las dos charreteras, “ensueño dorado de mi ardiente juventud”, escribiría Santa Anna posteriormente[16]. Por su parte, en diciembre de 1816 el Virrey Juan Ruiz de Apodaca lo ascendió al grado de capitán[17], por el buen resultado obtenido en dichas acciones en San Campus y Cotaxtla[18].
Entre 1817 y 1818, el capitán y comandante extramuros López de Santa Anna, entonces de 24 años, continuó con sus incursiones en las cercanías de la amurallada Veracruz, como las llevadas a cabo contra el jefe rebelde Marcos Benavides, colaborador de Guadalupe Victoria. La noche del 30 de agosto de 1818, Santa Anna partió de su cuartel con una fuerza de 110 hombres de caballería e infantería a la zona de Venta Arriba (sitio que estuvo ubicado al oeste noroeste de Jamapa, en el margen derecho del río de igual nombre), con el fin de atacar al insurgente y luego, se dirigiría a Paso del Lagarto para sorprender a la infantería de Guadalupe Victoria. Sin embargo, la copiosa lluvia que cayó desde su partida, dio al traste con sus planes, pues los rebeldes lo vieron llegar durante el amanecer, recibiéndolo con un nutrido fuego que fue contestado de inmediato por los realistas. Después de algunos minutos de refriega, la balanza no se inclinó por alguno de los contendientes, contentándose los partidarios del gobierno con haber herido a algunos insurgentes, matado a otro más y a dos de sus caballos. Por su parte, solo hubo un herido de gravedad y una mula muerta. Las correrías y escaramuzas en la zona se dieron por cuatro días más, hasta que Santa Anna y su gente, agobiada por el hambre, empapados hasta los huesos por la incesante lluvia y las crecidas de los arroyos, que algunas veces les llegaba a la rodilla y otras hasta la cintura, se refugiaron en Paso de Ovejas, en donde recibieron el auxilio de víveres y municiones secas del teniente coronel José María Travesí. Desde este punto y tras una última intentona de capturar a otro jefe rebelde de nombre “Prisciliano”, sin que nuevamente la lluvia y la oscuridad lo permitieran, aunado al hecho de llevar consigo a 22 de sus hombres enfermos, el capitán decidió retirarse a Puente del Rey[19].
El oficial realista volvió a ver acción unos días más tarde, pero esta vez el escenario era otro: los arenales y médanos que rodeaban al recinto amurallado de Veracruz. Alrededor de las 10 de la mañana del 11 de septiembre de aquél año, la fuerza bajo su mando fue sorpresivamente atacada por 200 insurgentes a caballo dirigidos por los jefes rebeldes Valentín Guzmán y Marcos Benavides. Lo intempestivo del ataque obligó a Santa Anna a moverse rápidamente hacia su cuartel para reunir a más tropas, cuando observó que una veintena de rebeldes se llevaban el ganado que pastaba. Reunió lo más pronto posible a unos 15 soldados y los atacó “con decisión”, evitando que se llevaran las reses. En seguida ordenó toque de llamada, logrando así juntar a un grupo de 60 realistas armados y municionados con los que se dirigió a los alrededores de la capilla de San Sebastián, para atacar a otro grupo de insurgentes que también capturaba ganado y atacaba a las casas que sobresalían de la muralla. Después de un prolongado intercambio de fuego en donde murió uno de sus hombres, evitó nuevamente que se llevaran las reses, al tiempo que los obligó a replegarse hacia su reserva. Hecho lo anterior, el capitán y su gente se movieron a unos médanos altos, en donde los organizó con el fin de observar los movimientos insurgentes y acudir a donde fuera necesario; sin embargo, “la chusma”, confiada en su cantidad y la agilidad de sus caballos, formó una columna de unos seis de frente, y a todo galope contraatacaron con machete en mano. Santa Anna, viendo esta acción, ordenó armar la bayoneta y romper el fuego de inmediato, lo que hizo que los insurgentes contuvieran por momentos el ímpetu de su avance. Desafortunadamente, los realistas flaquearon, por lo que pronto el oficial xalapeño y sus soldados se vieron arrollados por la carga de caballería. Como pudo, logró reunir a una veintena de sus hombres con los que resistió los embates de esos “bárbaros”, pudiendo retirarse a la carnicería no sin pocos esfuerzos, haciéndose fuerte en sus pretiles. Allí resistieron a la gran cantidad de rebeldes que los rodeaba, hasta que intempestivamente se retiraron en desorden al no conseguir sus objetivos. Las pérdidas realistas fueron de ocho muertos (entre estos, el asistente de Santa Anna, que murió a machetazos cuando disparaba contra los que acometían a su capitán) y dos heridos leves. No se pudo saber cuántas bajas tuvieron los insurgentes[20], pues al retirarse cargaban con los muertos y heridos en sus caballos[21].
Santa Anna continuó empeñándose en su labor. A inicios de diciembre del mismo 1818, marchaba a Vergara con 20 soldados de caballería, cuando recibió el aviso que la mayoría de los alzados en Venta Arriba había salido a vaquear con su comandante Marcos Benavides y que demorarán varios días en regresar, quedando como jefe en aquel sitio Francisco Asís con alguna gente. Santa Anna dudó en emprender acción alguna debido a la poca fuerza que llevaba, “...pero consultando al momento con los esfuerzos de mi pundonoroso corazón, este que sin cesar me compromete á no temer los lances mas arriesgado cuando media el servicio del Rey, el bien de la patria y el honor de mi empleo, me incitó á la egecución de un proyecto, de que solo pudo sacarme con felicidad mi buena suerte”, escribiría más tarde en su parte de guerra. Así, emprendió la marcha hacia Venta Arriba al anochecer, pero al llegar al paraje de Arroyo Moreno, fue percibido por una avanzada insurgente que estaba en vigilancia permanente en aquella zona. Sabido como estaba de esa eventualidad, ordenó responder “América” a la pregunta de “quién vive”, para que creyeran que eran de los suyos. Esta artimaña les permitió avanzar las siete leguas que mediaban, entre terrenos abruptos y quebrados pero sin ser descubiertos por los alzados, que de haber sabido de su presencia, los hubieran aniquilado. Finalmente, poco después de las once de la noche llegaron a los alrededores de mencionada venta, en donde Santa Anna dejó la mitad de sus hombres con el capitán José María Cerón, para que cuidaran los caballos de quienes lo acompañarían a pie hasta la casa de Asís. En su camino se encontró con una choza a la que ordenó rodear con sigilo, capturando en su interior a un insurgente que le confirmó las noticias que llevaba. Acto inmediato, el hombre empezó a suplicar por su vida con tal vehemencia, que Santa Anna aprovechó para que a cambio de esta, le entregara al cabecilla buscado y respondiera cuanta pregunta le hiciera. Asintiendo, el sujeto guió al capitán y a su piquete de soldados hasta el sitio en donde vivía el jefe rebelde, lugar que Santa Anna ordenó rodear como lo había hecho en la otra choza. Lo hicieron con tal silencio y celeridad, que cuando Asís los sintió, ya lo tenían bien asegurado en su cama junto con su asistente, que dormía a pierna suelta cerca del fogón. Después de hacer amarrar al primero “como se lo merecía”, propuso al otro salvar su vida si entregaba a más rebeldes y a la caballada que hubiera en el lugar. Así lo hizo de inmediato, llevándolos a varias casas que encontraron vacías, por haber descubierto sus habitantes la presencia realista con anticipación. Posteriormente, los llevó a donde estaban los caballos, pero fue tal el escándalo que hicieron los perros, que estos se asustaron y en estampida escaparon. Aún así, pudieron capturar 13 corceles y cinco mulas. Tras esto, Santa Anna observó que no era seguro continuar avanzando, por lo que decidió retornar a donde estaba el resto de sus hombres con los prisioneros, equinos y acémilas. Su regreso a la ciudad de Veracruz transcurrió en medio del constante acoso por una docena de insurrectos, que solo se detuvo hasta que los realistas alcanzaron las inmediaciones de la plaza a eso de las cinco de la mañana. Santa Anna, después aclararía en su informe que el jefe rebelde Francisco de Asís, había matado con sus manos a un clarín de los realistas y era uno de los que dirigieron el ataque del 11 de septiembre pasado, disponiendo que allí mismo fuera fusilado tras confesarse primero. Satisfecho el virrey Apodaca “del buen comportamiento del comandante realista Antonio López Santa Anna y de su bizarra partida,...”, mandó le dieran las gracias a nombre del Rey[22].
En su autobiografía, Santa Anna recordó detalles importantes de estas épocas:
"Militar pundonoroso, me esmeré en corresponder lealmente á la confianza que se me dispensaba; obedeciendo á mi natural inclinación, valíame con frecuencia de la persuación más que de las armas, medio eficaz con que conseguí la presentación de los hombres de armas que hacían la guerra y que pasaban de dos mil armados y montados, sometiéndose á vivir en poblado y obedientes al gobierno"[23].
Por momentos pensé que estás declaraciones eran exageraciones del general para enaltecer su persona. Exaltaciones que son constantes en él. No obstante, mi sorpresa fue grande al confirmar que en esta ocasión sus afirmaciones eran verídicas. En un oficio fechado el 18 de enero de 1819, el comandante general mariscal de campo Pascual de Liñán, informó al virrey conde del Venadito lo siguiente:
“1. Exmo sr.- El capitan don Antonio Lopez de Santa Ana me pasa el parte que original tengo el honor de acompañar á V. E., por el que se impondrá de haberse acogido a la Real gracia del indulto los tres cabecillas Manuel Salvador, Felix González y Mariano Cenobio con 230 hombres montados y armados, y de proseguir aquel bizarro oficial en la persecución del rebelde Guadalupe Victoria y demas gavillas que restan en la parte meridional de la provincia.”
“Espero la lista y medias filiaciones de estos individuos para extenderles los pasaportes y remitirla á V. E. á fin de que si lo tiene a bien se sirva mandar expedir las cédulas de confirmación de esta gracia.”
“Dios guarde a V.E. muchos años, Veracruz enero 18 de 1819.- Exmo. sr.- Pascual de Liñan.- Exmo. sr. virrey conde del Venadito”[24].
Días antes, Santa Anna había salido de la ciudad de Veracruz con 90 jinetes en pos de los tres cabecillas mencionados. Durante cinco días recorrió los poblados de Rajabanderas, Tamarindo, Paso del Fierro, Soyolapa, Paso de Naranjo y sus inmediaciones, consiguiendo por la vía armada o diplomática y en días y parajes distintos, que se presentaran ante él para pedir la “Real gracia del indulto”, los tres jefes rebeldes con 160 de sus hombres montados y armados, mencionando que “se hallan sumamente arrepentidos de haber militado tanto tiempo en un partido tan detestable como injusto…” También se presentaron Fr. Francisco Mansilla, capellán de la compañía de Mariano Cenobio; y los Acosta, entre otros jefes, con 70 hombres más. Igualmente se apersonó Marcos Benavides con 64 de sus elementos, además de 200 familias. Félix González, el último rebelde que llegó con Santa Anna, de inmediato puso armas y hombres a las órdenes de los realistas, solicitando salir del paraje de Tamarindo donde se encontraban con 35 de su compañía, para batir al cabecilla Crisantemo y averiguar en donde se ocultaba Guadalupe Victoria. El capitán, viendo en él “bastante disposición y verdadero arrepentimiento”, le dio instrucciones para que la empresa fuera exitosa. Sobre los sucedido, Santa Anna no perdió la oportunidad de alardear, escribiendo lo que sigue en su parte militar del 16 de enero de aquél año:
“Me lisongeo de que muy breve tendré la grande satisfacción de participar a V. S. la completa pacificación de toda esta demarcación que se puso a mi cargo con este fin, y no descansaré hasta conseguirlo”[25].
Por su parte, el conde de Venadito dio las gracias en nombre de S. M. al capitán Santa Anna, sus subalternos y tropa[26].
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El 26 de mayo de 1820, en una concurrida sala del palacio del gobernador de Veracruz, en donde el calor del ambiente se combinaba con el humano hasta hacer el aire irrespirable, Santa Anna se encontraba acompañando al mariscal de campo José Dávila. En ella, el júbilo y el entusiasmo eran manifiestos, pues acababan de jurar, contra la voluntad y resistencia del veterano mariscal, la restablecida Constitución de Cádiz de 1812. Fue entonces cuando Dávila, alzando la voz se dirigió a los españoles allí reunidos, comerciantes todos ellos y en quienes prevalecían las ideas liberales:
“Señores, ya ustedes me han obligado a proclamar y jurar la constitución: esperen ustedes ahora la independencia, que es lo que va á ser el resultado de todo esto”[27].
Seguramente estas palabras provocaron sorna aquellos que las escucharon, mientras que otros las tomaron como temores infundados de un viejo sumiso. Santa Anna, entonces de 26 años, fungió como testigo silente de todo esto, quizá simpatizando o acaso reprobando las ideas y acciones de ese gentío que prácticamente se impuso al gobernador para que actuara contra su voluntad.
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El 28 de mayo del mismo año, Santa Anna hizo de su conocimiento al mariscal Pascual de Liñán, que había iniciado la construcción de una iglesia y curato en el caserío de San Diego. Y ahora, en su parte militar del 28 de junio, tenía la satisfacción de informarle que el 11 de de este mes había sido concluida y el 13, bendecida por fray Juan Bautista Luzoriaga. Ese día la gente se mostró muy alegre, pues aparte de la consagración, se solemnizó una función en el nuevo templo con la prédica de fray Juan Santiesteban. Asistieron al evento más de 500 personas, eligiendo como patrono a San Antonio de Padua a quien se dedicó todas las actividades, escuchándose entre la gente oraciones y gracias al Creador por las bendiciones recibidas después de seis años de haber estado perdidos. También, según el capitán, los habitantes “no se habían cansado de manifestar públicamente su reconocimiento hácia al Excmo. sr. virrey conde del Venadito, porque tan sabiamente supo dictar las más eficaces providencias para separarlos de unas sendas tan desconocidas, y haberles puesto un tan digno general que con su cordura y amabilidad natural ha sabido ganar las voluntades é inspirarles ideas muy favorables”. Santa Anna igualmente resaltó “el tesón y la constancia” con que la población participó en la construcción de 113 casas, una galera, un fortín y la iglesia, después de haber labrado sus tierras. Además de las fajinas que dejaron limpio un cuarto de legua (aproximadamente 1 km), a su alrededor, cuando tres meses antes estaba cubierto de un espeso bosque. Con “tales hechos…”, continuó notificando Santa Anna, “...aseguro á V. S. bajo mi responsabilidad, que puede vivir bien persuadido en que los habitantes de esta demarcación no volverán á incurrir en el detestable delito de traidores”. Liñán respondió que estaba bien que el pueblo hubiera elegido como patrón a San Antonio, pero sin cambiar el nombre del poblado si no era aprobado por el virrey. Finalmente, recomendó a Santa Anna por haber “contribuido tanto en el fomento y organización de este pueblo, como en otros”[28]
Con su comportamiento en los anteriores pasajes, es posible elucubrar que el capitán López de Santa Anna aún estaba convencido de la causa realista. Misma a la que se entregó incondicionalmente, aún poniendo en riesgo su propia vida. Por otra parte, también es factible que durante este tiempo y debido a sus labores de pacificación, haya creado fuertes lazos con esta gente de la Tierra Caliente en el barlovento veracruzano, lo que le permitió contar con ellos cuando decidió rebelarse contra el gobierno virreinal.
El 4 de julio de 1820, el capitán xalapeño hizo un recuentos de sus logros desde que fue nombrado por el brigadier Ciriaco de Llano, “comandante del cuerpo de realistas fieles de extramuros de Veracruz y el pueblo de Boca del Río”, con instrucciones para operar desde ambos sitios contra los insurgentes. Por esas fechas, de Llano fue sustituido por el mariscal Pascual de Liñán, quien ordenó a Santa Anna que formara algunos poblados con la gente pacificada. El comandante, después de haber ordenado talar montes y franquear complicaciones, formó Medellín, Jamapa, San Diego y Tamarindo, edificando en los tres últimos, iglesias con sus correspondientes casas curales, a un costo de mil pesos cada una. En San Diego también ordenó construir un fortín con figura octagonal y capacidad para 50 soldados. Esto, para proteger el camino de Veracruz al interior del virreinato. También construyó galeras para 100 hombres, sin perjudicar las habitaciones de los oficiales allí destacados. Igualmente obligó a que cada vecino construyera su casa, cocina y corral, proporcionando el terreno necesario para ello. Mientras que sus sembradíos se situaron en los alrededores de los poblados, quedando los más lejanos a una legua y media de distancia. A cada vecino dio las tierras necesarias para el pastoreo y siembra de maíz, frijol y arroz; además de contar con sus cañales, platanares y hortalizas. Por otra parte, indicó el número de familias que había en cada poblado: Medellín 112, Jamapa 140, San Diego 287 y Tamarindo 54. También tuvo el cuidado de poner un maestro de escuela en cada poblado, aclarando que “todo esto se debe a mi esmero, fatiga y vigilancia, sin que hasta ahora le haya costado al Erario un ochavo, como a V. S. le consta, ni aun para los gastos menores, porque algunos de estos los he sufrido yo de mi bolsillo, sin dispensarme fatiga, trabajo ni peligro por grave que fuere por grave que que fuese, como es notorio, con tal que yo lograra el ser útil a la Patria y fiel á las órdenes superiores que me dirigían, que ha sido todo mi conato sin esperar mas recompensas que el logrado de esta satisfacción que desde luego me prometo, bien seguro de que en todas mis operaciones no he tenido más objeto que el de llenar sus sabias intenciones y disposiciones[29].
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Desde la jura de la constitución de Cádiz en la ciudad de Veracruz, hubo señales de insubordinación en las tropas de la guarnición de Xalapa, en donde siguiendo el ejemplo de la plaza costera, se juró la constitución el 28 de mayo de 1820[30]. En esta villa, al igual que en la ciudad costera, predominaban las ideas liberales, en parte porque muchos de los comerciantes del puerto poseían casa de recreo en la villa, en donde habitaban parte del año.
Casi un año más tarde, a inicios de marzo de 1821, llegó a Xalapa la noticia de la proclamación del Plan de Iguala, lo que causó no poca emoción entre los vecinos y la tropa. A partir de ese momento, la situación se desbordó: Una columna de granaderos salió de esta villa el 13 de marzo y al llegar al paraje de Banderilla el oficial al mando, teniente Celso de Iruela, arengó a la soldadera y se declaró a favor de la independencia, respondiendo la tropa con emocionados vivas a Iturbide y a la independencia. Enseguida marcharon a Perote para capturar la fortaleza de San Carlos, pero oportunamente avisado el comandante Agustín de Viña, encargado de dicha plaza, tuvo el tiempo para ponerla en estado de defensa y apuntar la artillería hacia el camino de Xalapa. Aunque Iruela invitó a de Viña a unirse a la insurrección, este se mantuvo fiel al gobierno. Con todo y esto, en el poblado de Perote se unieron a los independentistas los dragones de España, los urbanos del pueblo y un centenar del agrupamiento de la Sierra. No obstante, toda esta fuerza amenazaba con dispersarse por falta de un jefe, pues el grado militar de Iruela no daba la pauta para ser obedecido por la tropa, que tampoco aceptaba ser dirigida por alguno de sus iguales. Buscando a un oficial de más rango, Iruela recibió la noticia de que el boticario de Perote tenía el grado de teniente coronel y hacia allá se dirigieron. Esta persona era el ex realista José Joaquín Herrera, retirado a la vida privada después del sitio al fuerte de Jaujilla en Michoacán, entre diciembre de 1817 y marzo de 1818. Al principio, Herrera no aceptó ponerse al frente de la tropa, pero tras la insistencia de los jefes, terminó por aceptar bajo la condición de que todos deberían conducirse con la mayor disciplina y orden. Ya en el mando, una de las primeras cosas que hizo, con el apoyo del ayuntamiento de Perote, fue intimar nuevamente al comandante Viña a unírseles, pero este siguió negándose. Viendo el teniente coronel poco factible la captura de la fortaleza de San Carlos, aún con su poca defensa, se dirigió a con su tropa a Tepeyahualco, en donde se encontraba un destacamento de 58 hombres del Fijo de Puebla con un teniente al mando, mismo que rehusó junto con otros cinco soldados, a adherirse a los insurrectos. Sin embargo, con los nuevos elementos, la fuerza de Herrera ascendió a 680 infantes y 60 dragones de España. El 18 de marzo, cuando llegaron estas tropas a San Juan de los Llanos, Guanajuato, la columna de granaderos cambió su nombre por el de Granaderos Imperiales y los dragones de España, por el de Dragones de América. Iturbide aprobó dichos nombramientos cuando supo del movimiento, nombrando a Herrera teniente coronel efectivo de la división y a Iruela con igual grado, para comandar la columna de granaderos[31].
Mientras tanto y por esas mismas fechas, en Actopan, lugar situado cerca de Xalapa, el cura José Martínez proclamó la independencia. Por tal motivo, el jefe realista José Rincón marchó con 40 hombres para sofocar la rebelión, pero tuvo que regresar a su cuartel debido a la deserción de 17 de sus hombres en el camino. Tras estos hechos, la insurrección se propagó rápidamente a las villas de Córdoba y Orizaba, obligando al gobernador Dávila a reforzar la guarnición de la segunda, enviando al capitán Antonio López de Santa Anna al frente de soldados del Fijo y lanceros. El 23 de marzo llegó a Orizaba el antiguo insurgente Francisco Miranda acompañado de José Martínez, quienes exhortaron a Santa Anna y al ayuntamiento a adherirse al Plan de Iguala. La reticencia de Santa Anna dio inicio a un nutrido intercambio de disparos, retirándose el capitán realista al convento del Carmen, en donde se fortificó y publicó un bando para que en el plazo de dos horas, se presentaran todos los vecinos que tuvieran caballo y armas. Alrededor de las cuatro de la mañana del 29, después de haber recibido un refuerzo de 20 infantes de Mallorca procedentes de Córdoba, Santa Anna atacó a los independentistas que descuidadamente dormían en la garita de la Angostura, matando a algunos y tomando caballos y equipamiento. Esta victoria fue celebrada a todo repique y salvas en el convento del Carmen, pues los religiosos estaban a favor del gobierno. Por su parte, el virrey premió a Santa Anna con el grado de teniente coronel y el diploma de la Cruz de la real y distinguida orden americana de Isabel la Católica. Esta sería la última acción a favor de los realistas que haría el recién ascendido, pues posteriormente a recibir el grado, defecciona uniéndose a Herrera y al Plan de Iguala[32][33].
(Continuará).

