Por Luis Villanueva
Un resumen de Este trabajo fue expuesto por el autor en el coloquio de Historia “El general y presidente Antonio López de Santa Anna”, llevado a cabo en la librería Mar Adentro de la ciudad y puerto de Veracruz el 14 de agosto de 2026.
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De la autobiografía del general:
“Mimado del gobierno virreinal, no tenía límites mi gratitud; y sin embargo, apareció el Plan de Iguala, proclamado por el Coronel Don Agustín de Iturbide el 24 de febrero de 1821, y me apresuré á secundarlo, porque deseaba concurrir con mi grano de arena á la grande obra de nuestra regeneración política. El Mariscal de campo, don José Dávila, comandante general, jefe superior político é intendente de la provincia [de Veracruz], generoso por carácter, juzgandome extraviado y en inminente peligro, pretendió salvarme; á cuyo efecto me envió el indulto con el sargento mayor don Ignacio Iberri, y ofertas seductoras. Tanta bondad del anciano general, que me quería como á un hijo, conmovió mi sensibilidad …¡ah! rato penosísimo fijo en memorial…En esta lucha, en este momento de prueba, el patriotismo se sobrepuso á todo sentimiento; continué firme en mi propósito”[1].
Después del buen recibimiento que hicieron a Herrera y a su división en Orizaba y tras la capitulación y ocupación de Córdoba por sus huestes el 1 de abril de 1821, acordó con Santa Anna que este marchara a la costa donde tenía mucha influencia, para agitarla y ponerla a favor de la causa. Mientras que aquél se situaría en la provincia de Puebla, para evitar que partieran auxilios hacia Veracruz [2].
El teniente coronel Santa Anna se dirigió entonces a Alvarado con doscientos dieciséis infantes, 800 caballos, un cañón de a cuatro, cartuchos de fusil y mil pesos prestados por él. Sus tropas fueron incrementándose hasta alcanzar unos 600 hombres durante su marcha hacia aquél puerto. La defensa allí era flaca debido a que Dávila había pedido cierta cantidad de elementos para reforzar a la plaza de Veracruz, de los cuáles solo llegaron 60 por haber desertado el resto para unirse a Santa Anna. El 20 de abril se encontró con Guadalupe Victoria en los alrededores de Alvarado, reconociéndolo como jefe “gustoso por el mucho afecto que le profeso a más de los méritos que ha contraído en defensa de la patria” [3]. Ambivalentes palabras, cuando hasta hacía poco tiempo, en sus partes como realista no lo bajaba de “rebelde”. El 25 llegó a Alvarado, en donde el capitán de fragata y comandante de la costa de Sotavento, Juan Topete había tomado junto con el ayuntamiento las medidas necesarias para la defensa. Pero súbitamente, al primer intercambio de disparos, surgió un grito entre los realistas: “¡Viva la independencia!”, bajando en seguida sus armas. Topete, temiendo por su vida, se refugió en una casa; sin embargo, el teniente coronel sublevado lo trató con la mayor consideración al igual que a sus partidarios, permitiéndoles retirarse a Veracruz. De esta manera quedaron en sus manos 273 soldados, un fuerte, armamento, municiones y toda la demarcación. En seguida, entró en el poblado junto con su división rodeados de júbilo y gritos de “¡Viva la independencia y las valientes tropas que la sostienen!”, al tiempo que Santa Anna era recibido por los miembros del ayuntamiento, el cura y los vecinos de más alta posición. Posteriormente, se entonó el Te Deum laudamus con la asistencia del jefe sublevado y su oficialidad. Más tarde, escribió al “Señor coronel y general del Ejército de las Tres Garantías D. Agustín de Iturbide” para enterarlo de su encuentro con Victoria, la toma de Alvarado y ponerse a sus órdenes. Redacción por demás lisonjea y zalamera: “...espero que vuestra señoría se digne subministrarme las luces necesarias para dirigir mis operaciones con más acierto” y “Me ofrezco de vuestra señoría su apasionado súbdito, amigo fidelísimo y muy seguro servidor que besa su mano” [4] [5] [6].
Entre tanto, desde el 17 de abril Herrera se encontraba en Tepeaca en búsqueda de Nicolás Bravo, que le había pedido auxilio por encontrarse bajo asedio de las tropas realistas del coronel Francisco Hevia. Este último, que a la sazón se encontraba en Izúcar, sabido de la presencia de la división independentista en aquella plaza, salió a su encuentro. Bravo entonces entabló comunicación con Herrera, opinando que este debía encontrarse con él en Huamantla, en donde podrían unir sus fuerzas y aprovechar mejor la caballería, muy superior en número y clase que la de Hevia; sin embargo, Herrera consideró que era mejor permanecer en Tepeaca, por lo que Bravo, con 200 hombres y cantidad similar de caballos, se dirigió a ese punto, a donde llegó la noche del 21. Por su parte, Hevía se presentó al día siguiente con una fuerza de 1300 infantes de Castilla, Órdenes Militares y Fernando VII de Puebla, junto con un centenar de caballos del Príncipe y Fieles de Potosí, pero ese día solo se concretó a realizar un reconocimiento del sitio desde un punto elevado. El 23 hubo algunas escaramuzas, decidiendo Herrera atacar a Hevia el 24 con cuatro columnas de 140 hombres cada una. El ataque y la defensa fueron extraordinarias hasta el punto de enfrentarse a bayoneta calada; pero al no poder intervenir la caballería sublevada por lo escabroso del terreno, tuvieron que retirarse a Acatzingo, a dónde llegaron la noche del 25 lamentando la pérdida de un centenar de hombres.
Entre tanto, desde el 17 de abril Herrera se encontraba en Tepeaca en búsqueda de Nicolás Bravo, que le había pedido auxilio por encontrarse bajo asedio de las tropas realistas del coronel Francisco Hevia. Este último, que a la sazón se encontraba en Izúcar, sabido de la presencia de la división independentista en aquella plaza, salió a su encuentro. Bravo entonces entabló comunicación con Herrera, opinando que este debía encontrarse con él en Huamantla, en donde podrían unir sus fuerzas y aprovechar mejor la caballería, muy superior en número y clase que la de Hevia; sin embargo, Herrera consideró que era mejor permanecer en Tepeaca, por lo que Bravo, con 200 hombres y cantidad similar de caballos, se dirigió a ese punto, a donde llegó la noche del 21. Por su parte, Hevía se presentó al día siguiente con una fuerza de 1300 infantes de Castilla, Órdenes Militares y Fernando VII de Puebla, junto con un centenar de caballos del Príncipe y Fieles de Potosí, pero ese día solo se concretó a realizar un reconocimiento del sitio desde un punto elevado. El 23 hubo algunas escaramuzas, decidiendo Herrera atacar a Hevia el 24 con cuatro columnas de 140 hombres cada una. El ataque y la defensa fueron extraordinarias hasta el punto de enfrentarse a bayoneta calada; pero al no poder intervenir la caballería sublevada por lo escabroso del terreno, tuvieron que retirarse a Acatzingo, a dónde llegaron la noche del 25 lamentando la pérdida de un centenar de hombres. También Hevia tuvo bajas de importancia, pero fue reforzado con el batallón de Guanajuato proveniente de la Mixteca, y con municiones y dinero de Puebla. Bravo, entre tanto, cubrió con su caballería la retirada de Herrera hasta la hacienda de Rinconada, en donde se separaron para seguir el segundo hasta la villa de Orizaba y luego a Córdoba, lugar al que llegó el 12 de mayo. Temiendo ser atacado en este sitio, Herrera escribió a Santa Anna para que se moviera en su apoyo, algo que el xalapeño, reforzado como se encontraba con las tropas de Alvarado, cumplió de inmediato. En Córdoba se encontraba el comandante Francisco Javier Gómez, quien avisado que Hevia se dirigía a esta villa desde Tepeaca, intentó abandonarla para dirigirse a Coscomatepec; pero los pobladores no se lo permitieron, ofreciéndose a tomar las armas todos salvo tres españoles que fueron expulsados del poblado. Se empezaba a fortificar el pueblo, cuando el 10 llegó la noticia de que una columna realista había sido enviada para cortarle el paso a Herrera o atacar la villa, lo que llevó a que 250 vecinos se presentaran a la defensa, aunque se carecía de armas para todos. También llegaron de Amatlán 20 hombres de refuerzo, enviados por el capitán insurgente Pascual García. En esas se encontraban cuando arribó el teniente coronel Herrera con su fuerza muy atenuada. Esto debido a las pérdidas sufridas en Tepeaca, por lo que fue reforzado con 80 vecinos que pudieron armarse, ocupándose el resto en otras actividades vitales. Tropa y ciudadanía continuaron trabajando en la fortificación de la plaza, así hasta concluir un recinto atrincherado en todo el contorno del poblado, sitio en donde se concentraron todas las fuerzas independentistas salvo la caballería, que permaneció fuera del recinto. Hevia, por su parte, siguiendo las órdenes del virrey de atacar a Herrera hasta destruirlo, llegó a Orizaba al día siguiente de la partida de aquél, pernoctando solo el tiempo necesario para que sus hombres descansaran y pudiera notificar al virrey sobre la cantidad de tabaco que había en la villa. Dato que era de importancia para el gobernante, por las rentas que dejaría su venta. Así las cosas, el coronel realista llegó al paraje del Matadero, a la vista de Córdoba, a las tres y media de la tarde del día 15 con mil infantes, cien elementos de caballería, un cañón de a 12 y un obús. Hevia entonces se apoderó del barrio de San Sebastián y de la ermita de igual nombre, tomando también algunas casas colindantes. Después de haber construido una trinchera con tercios de tabaco en donde colocó el obús, poco antes del amanecer del 16 comenzó a cañonear la casa de un vecino para abrirse paso hacia el recinto fortificado. Ya con el boquete abierto, preparó el asalto con voluntarios de los diversos cuerpos que conformaban su ejército y a las cinco treinta de la mañana, esta fuerza penetró a la casa por la irregular brecha, solo para encontrarse con una férrea defensa que, tras un parapeto hecho también con fardos de tabaco, los obligó a retroceder con algunas bajas. Hevia, de carácter iracundo y explosivo, se molestó con el resultado. Colocándose a un lado de la boca de fuego, personalmente dirigió la puntería para hacer la horadación más grande cuando una certera bala le atravesó la cabeza de lado a lado, muriendo en el acto. Con la muerte de este oficial, tomó el mando de las tropas el teniente coronel Blas del Castillo y Luna, que continuó el ataque con igual ahínco. Tras tomar nuevamente la brecha, los realistas prendieron fuego a la casa, propagándose el incendio a toda la cuadra. Al día siguiente, continuaron penetrando en las casas que formaban el recinto atrincherado socavando las paredes, hasta que finalmente lograron situarse en una de las esquinas de la plaza, disparando balas y granadas que dañaron a los edificios. Los trigarantes trataron de distraer la atención de sus enemigos amagándolos por la retaguardia con la caballería, lo que provocó algunos encontronazos, muriendo en uno de ellos el capitán García, jefe de los auxiliares llegados de Amatlán. A las nueve de la mañana del 18, llegó Santa Anna proveniente de Alvarado al frente de 300 infantes y 250 de caballería, permaneciendo en formación el resto del día sin intervenir, para finalmente retirarse a la hacienda de Buenavista hacia las cuatro de la tarde. El 19, el xalapeño volvió a apersonarse con su gente en el área y en una loma llamada de los Arrieros, en donde ordenó hacer una trinchera y colocar un cañón. A las tres de la tarde llegó un refuerzo de 100 dragones para Santa Anna, quien al no conseguir que los sitiadores salieran a atacar, hizo que la infantería entrara en la villa al anochecer. El 20 continuó el ataque con menos fuerza, recibiendo la plaza un centenar de hombres como apoyo procedente de Xalapa. Con este refuerzo, el teniente coronel Herrera conminó a del Castillo a rendirse o de lo contrario sería atacado, a lo que el realista respondió que haría una junta de guerra antes de tomar cualquier decisión, parando con ello los disparos y cañonazos de ambas partes. A las 10 de la noche fue rota la tácita tregua por los realistas, quienes abrieron fuego para encubrir su retirada, misma que ejecutaron a las dos de la madrugada llevando la artillería y a sus heridos en hombros de sus compañeros. Descubriendo el repliegue, Herrera ordenó a Santa Anna que los persiguiera con 300 infantes y toda la caballería. Los alcanzó en el puente del Corral de las Ánimas y nuevamente antes de llegar a Orizaba, a cuatro leguas de distancia. Los ataques fueron constantes durante todo el trayecto, tanto por la retaguardia como por los flancos, sin que los alzados pudieran obtener ventaja alguna. Finalmente, al llegar la columna realista a Orizaba, el coronel Samaniego toma el control de ella, decidiendo no permanecer en la villa, retirándose a Puebla [7].
Luego de estas acciones, Santa Anna partió a Xalapa para tomarla, llegando a la vista de la villa el 27 de mayo. Tras hacer sus preparativos, la atacó la noche del 28 dividiendo sus fuerzas en dos mangas. Aunque la defensa no fue tan empecinada, se mantuvo hasta el día siguiente a las 10 de la mañana, cuando el coronel Horbegoso, comandante de la plaza, solicitó capitular. Dentro de los convenios, se acordó que los jefes podrían retirarse a Puebla con algunas armas y vestuario, pero dejando el resto de los pertrechos y municiones a Santa Anna. Esto fue de mucha utilidad, porque el material de guerra escaseaba entre sus hombres, y aún alcanzó para proveer a Herrera. Tras pedir un préstamo forzoso de ocho mil pesos a los vecinos de la villa, el teniente coronel sublevado vistió, armó y aumentó su ejército, el onceavo de las Tres Garantías. Posteriormente en la Joya, Santa Anna tuvo una entrevista con Herrera, conviniendo que este se iría a Puebla y el segundo regresaría a Xalapa para planear y preparar el ataque a su siguiente objetivo: la ciudad y puerto de Veracruz [8].
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En marzo de 1821, la noticia del Plan de Iguala llegó a la plaza de Veracruz, siendo rechazada por buena parte de la población, principalmente por los peninsulares y sectores favorables al gobierno español. Así, ante la posibilidad de un ataque insurgente, la ciudad se preparó para la defensa; pero temiendo por la seguridad del virrey de Apodaca, el gobernador José Dávila decidió enviar tropas hacia el interior en su apoyo, mismas que fueron desertando y adhiriéndose al movimiento trigarante conforme eran enviadas. Como consecuencia, Veracruz y San Juan de Ulúa quedaron disminuidas en sus fuerzas, lo que provocó que Dávila se preocupara especialmente en proteger los bienes de los peninsulares establecidos en la ciudad. Después de la toma de Alvarado por Santa Anna el 25 de abril, aumentó el temor de que éste atacara Veracruz, por lo cual la ciudad fue puesta en estado de sitio, cerrando todas sus accesos salvo la puerta de la Merced.
El teniente coronel Santa Anna bajó desde Xalapa, estableciendo su campamento en Santa Fe, muy cerca de Veracruz, el 27 de junio. Hasta este sitio llegaron para unírse grupos de jinetes insurgentes dirigidos por los veteranos Valentín Guzmán, Crisanto Castro y Sabino Cruz, partiendo desde allí el hostigamiento de las posiciones defensivas situadas al sur de la ciudad, especialmente sobre la batería de San Fernando. El 29 tuvo lugar un enfrentamiento importante: Las fuerzas realistas, dirigidas por el teniente coronel José María Rincón, intentaban destruir las casas y edificios de los barrios extramuros para impedir que los insurgentes las utilizaran como refugio. Santa Anna, viendo la oportunidad, organizó un ataque combinado de infantería y caballería, aprovechando el terreno para ocultar parte de sus tropas.
El sorpresivo ataque logró la retirada de los realistas hacia la puerta de la Merced, dejando en el camino varios muertos, heridos y prisioneros. Esto generó preocupación entre los habitantes de Veracruz, pues la derrota realista permitió a los insurgentes establecer posiciones cada vez más próximas a la muralla. Durante los días siguientes, el teniente coronel insurgente construyó parapetos y baterías en los médanos situados al sur de la ciudad, lo que dio pie a un intenso intercambio de fuego con los baluartes San Javier, Santa Bárbara, Santa Gertrudis y la batería San Fernando. Para el ataque, los insurgentes emplearon piezas de artillería de diversos calibres, lo que les permitió lanzar granadas hacia el interior de la plaza. Por su parte, la defensa realista consiguió destruir algunas de estas posiciones enemigas mediante el fuego de sus cañones. El momento decisivo llegó durante la madrugada del 7 de julio de ese año. Bajo una intensa lluvia y aprovechando la oscuridad, varios centenares de insurgentes, entre ellos numerosos jarochos, avanzaron hacia las murallas. Santa Anna concentró sus fuerzas cerca del baluarte de San José, donde consiguieron escalar la muralla y sorprender a los defensores, apoderándose de este sitio y de la batería de San Fernando, para enseguida abrir la puerta de la Merced, permitiendo la entrada de tropas, caballería y artillería a la ciudad. Una vez dentro de Veracruz, los alzados se dividieron para atacar diferentes puntos estratégicos: la puerta del Muelle, la plaza de la Constitución, el palacio del gobernador, el cuartel del Fijo y el baluarte de Santiago. Sin embargo, el ataque comenzó a perder coordinación: Algunos combatientes saquearon establecimientos y casas, mientras que otros se dispersaron por las calles. Con el amanecer llegaron refuerzos procedentes de San Juan de Ulúa y de los buques fondeados en la bahía, fuerzas con las que emprendieron la recuperación de las posiciones ocupadas. Después de varias horas de combate consiguieron retomar San José y San Fernando, cerrar la puerta de la Merced y obligar a los insurgentes a retirarse. La fuga de los trigarantes se produjo hacia los barrios extramuros, Boca del Río, Vergara y otros puntos de los alrededores. Santa Anna, al comprobar la desorganización de sus tropas y que la lluvia había inutilizado buena parte de su parque, decidió retirarse con los hombres que le quedaban. En su escabullida, los insurgentes abandonaron armas, municiones, artillería, caballos y otros pertrechos. Se estiman sus pérdidas entre 250 y 300 hombres, aunque también hay reportes posteriores que citan cifras menores. Tras la derrota, Santa Anna reunió sus maltrechas fuerzas en Santa Fe, para luego dirigirse a Córdoba a reponerse de sus bajas, luego a Orizaba y posteriormente a Puebla, donde se entrevistó con Agustín de Iturbide. Este último reconoció la acción de Veracruz como heroica y posteriormente, le proporcionó tropas para el sitio de Perote. Finalmente, Santa Anna regresó a las inmediaciones de Veracruz y permaneció allí hasta que las tropas españolas abandonaron la ciudad y se concentraron en San Juan de Ulúa [9].
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A la una y cuarto de la tarde del 30 de julio de 1821, arribaron al puerto de Veracruz 12 buques, entre los que se encontraba el navío Asia, llevando a bordo al Capitán General y Jefe Superior Político de Nueva España, don Juan O´Donojú. Este personaje no desembarcó de inmediato en la ciudad, sino que primero lo hizo en San Juan de Ulúa el 1 de agosto, permaneciendo allí hasta el 3 de ese mes en que finalmente pasó a la plaza. En esta, fue recibido solemnemente, cantándole Te Deum en la parroquia, para inmediatamente después jurar y tomar posesión de su cargo ante el mariscal José Dávila. Esto sin esperar hacer el juramento ante su antecesor en la ciudad de México, tal y como lo prescribía la Constitución, pues le era imposible llegar a causa de los caminos tomados por los insurgentes. El día 5, O´Donojú invitó a Santa Anna a una entrevista, misma que se verificó en la Alameda, lugar situado a extramuros y en la parte sur de la ciudad. En ella, el jefe superior político propuso que se les permitiría a los oficiales insurgentes la libre entrada a la plaza y que las patrullas rebeldes podrían aproximarse sin ser molestadas. También, y después del largo sitio, se llegó al acuerdo de abrir el mercado, lo que permitió la entrada y venta de productos de imperiosa necesidad para la población. Por otra parte, el jefe político le dijo al oficial xalapeño que pretendía un tratado con base en las condiciones señaladas en el Plan de Iguala, cosa que agradó a Santa Anna “por ser lo más adecuada a las circunstancias”, pero se abstuvo de entablar compromisos serios, concretándose a decir que lo mejor era que se entendiera con Iturbide. O´Donojú estuvo de acuerdo y Santa Anna se encargó de comunicárselo a su superior, mientras que el capitán general realista enviaba a dos comisionados a la ciudad de Puebla, lugar donde se encontraba el jefe del ejército Trigarante, para proponerle una reunión en el sitio donde él señalara. Iturbide escogió la villa de Córdoba, encargando a Santa Anna la mayor de sus atenciones para con el jefe realista y que le escoltara todo el trayecto. O´Donojú estuvo de acuerdo con trasladarse al mencionado lugar y agradeció que el teniente coronel insurgente fuera quien lo escoltara, diciendo mientras señalaba las fortificaciones: “Estoy resuelto, nada temo escoltado por el valiente que asaltó esas murallas”. Su salida se verificó la tarde del 19 de agosto por la puerta de la Merced, en donde ya le esperaba Santa Anna con una llamativa escolta de caballería [10].
Llegaron a Xalapa y después pasaron a Córdoba la mañana del miércoles 23; misma fecha en la que llegó, pero al anochecer, el jefe del Ejército Trigarante, Agustín de Iturbide. Se reunieron al día siguiente, pero antes de empezar a tratar asunto alguno, el insurgente dirigiéndose a él, dijo: “Supuesta la buena fe y armonía con la que nos conducimos en este negocio, supongo que será muy fácil cosa que desatemos el nudo sin romperlo.” Comenzaron entonces a deliberar los puntos que llevaría el tratado, y cuando finalmente llegaron a un acuerdo, lo pasaron a sus respectivos secretarios. El jefe político recibió el borrador final que invariablemente aprobó, tachando únicamente y de propia mano, un par de expresiones que lo elogiaban. De esta forma, quedaba listo el Tratado de Córdoba, terminando de golpe con tres siglos de dominación española. Con la firma de estos acuerdos (alguien escribió que debió habérsele nombrado “capitulaciones de Córdoba” en lugar de “tratados”), se pensó que la guerra llegaría a su fin; sin embargo, los jefes realistas en la capital y en la ciudad de Veracruz se negaron a aceptarlo, pues no reconocieron en Juan O’Donojú la autoridad para firmar. Por su parte, Dávila optó por abandonar Veracruz y hacerse fuerte en San Juan de Ulúa, pero antes, el 18 de agosto, le escribió a O’Donojú rechazando los tratados e increpando su carencia de autoridad para firmarlos: “Luego vos ha firmado lo que entiende que desaprobará el rey, luego obra vos decidido a desobedecerlo. Y en este caso ¿cuál puede ser su derecho para exigir de los demás obediencia?...Digo vanamente, porque la firma de vos no podrá darle valor sino otra virtud de poder competente que para esto hubiese recibido del gobierno español: y careciendo vos de tal poder, su firma no supone, ni puede suponer, en consecuencia, otra cosa sino su privada y personal adhesión a los principios declarados de la misma independencia, sin que por consiguiente envuelva ninguna obligación para el gobierno de España, ni para ninguno de sus funcionarios y ciudadanos.” Finalmente, el mariscal terminó por desconocer al capitán general, resolución que le hizo saber en muy duros términos a través de una misiva fechada el 4 de octubre: “Desde que vuestra excelencia se arrogó de poderes del gobierno la facultad de concluir dicho tratado, y aunque lo hubiera tenido, la de pretender sin la legítima sanción darle cumplimiento, dejé de reconocer a vuestra excelencia no solo por capitán general, más también por ciudadano español, y además le contemplé reo de los mayores atentados contra su patria, donde es seguro que nunca se presentará vuestra excelencia voluntariamente a justificarlos, ni menos a acusarme, por más que la política de su actual situación lo haga afectar lo contrario…Entre tanto, con las fuerzas que tengo defenderé esta plaza contra vuestra excelencia mismo y contra Iturbide, por el gobierno de España por la parte que pueda y hasta apurar los últimos recursos, que son más de los que sabe vuestra excelencia, sin que me muevan sus amenazas, ni sus poco delicadas ofertas de la protección de Iturbide, que miro con indignación y desprecio y sea esta resolución mía la última que le declaro, y este oficio el último papel con que a los suyos contesto.” Quién sabe si el capitán general alcanzaría a leer esta respuesta; y si así lo hizo, cuál sería su sentir, pues cayó enfermo de una “pleuresía mortal” que en pocas horas lo llevó a la tumba, a las cinco y media de la tarde del 8 de octubre. El 11, Iturbide envió un ultimátum a Dávila, en donde en principio le reprocha que no hubiera obedecido las órdenes de O´Donojú, para enseguida agregar: “Es pues llegado el momento en que el gobierno independiente despliegue toda su energía; yo no puedo mirar con ánimo sereno la prolongada obstinación de Veracruz. O abraza esta ciudad el sistema generoso que han proclamado los demás pueblos de Nueva España, o vendrá a ser víctima de su pertinaz resistencia…Cuento (y creo que vuestra señoría no lo ignora) con fuerzas superiores para obrar por mar y tierra. Los veracruzanos, si no desisten de su temeraria oposición se verán reducidos dentro de poco a los últimos apuros, y entonces ¡vive Dios! No habrá lugar a honrosos acomodamientos…El señor coronel D. José Manuel Rincón, comandante de las tropas que marchan sobre esa ciudad va enterado de este oficio y lleva instrucciones y conocimientos para entenderse con vuestra señoría” [11].
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Entre tanto, varios sucesos se daban uno detrás de otro con rapidez: la entrada triunfal del Ejército Trigarante a la Ciudad de México el 27 de septiembre de 1821. Al día siguiente, la firma del Acta de Independencia; la instalación de la Soberana Junta Provisional Gubernativa, el nombramiento de la Regencia del Imperio Mexicano y el deceso de O´Donojú el 8 de octubre. A lo anterior se agregó la capitulación de la fortaleza de San Carlos en Perote el 9 de octubre, entregando con ello todos los materiales de guerra al comandante de la 11a división López de Santa Anna, para enseguida el pueblo jurar la independencia [12]. Tras esto, la Secretaría del Almirantazgo concedió el grado de coronel de infantería al oriundo de Xalapa, el 6 de noviembre de 1821 [13].
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La madrugada del 26 de ese mismo mes, el coronel Manuel Rincón entró en la ciudad de Veracruz solo con un acompañante, siendo recibido con júbilo por los vecinos. El coronel llegaba invitado por el mariscal Dávila y también incentivado por las positivas respuestas que recibió del ayuntamiento y el consulado por su visita. Durante el día, conferenció en un par de ocasiones con el también gobernador español, eludiendo este entrar en materia con el propósito de formalizar un acuerdo para la entrega de la plaza. Algo que el coronel insurgente tenía planeado exigirle en una nueva entrevista fijada para el día siguiente, junto con la inmediata suspensión de la extracción de artillería y municiones de la plaza que venía haciendo desde días atrás. Sin embargo, temprano en la madrugada, un grupo conformado por vecinos, alcaldes y regidores se presentaron en la casa del coronel, para informarle que el jefe español había abandonado sigilosamente la ciudad a las doce de la noche. Ante el temor de los desórdenes que pudieran darse en la plaza por quedarse sin la protección española, el cabildo se vio en la necesidad de conferir interinamente el cargo de jefe político y militar de la ciudad a Rincón. Una vez que el coronel organizó las patrullas y guardias con la milicia cívica y tomó las disposiciones necesarias para la tranquilidad de la ciudad, marchó al campamento de Santa Anna, situado a las afueras de la ciudad, con una representación del cabildo. Durante el encuentro, que se dio a las dos de la mañana del 27, se habló de la conveniencia de reunir la división del xalapeño con las de Rincón, emplazadas a extramuros, para entrar juntas a la ciudad. Posteriormente, se dirigieron a la sala capitular, en donde finalmente se acordó que al día siguiente, a las nueve de la mañana, Santa Anna entraría a la plaza con sus fuerzas. Sucedido esto, el ayuntamiento juraría fidelidad y lealtad al Imperio mexicano ante el jefe político y militar, para después ir ambos líderes al Te Deum en la parroquia. Ya con estos acuerdos, Santa Anna envió un comunicado urgente a su división en Santa Fe, para que se aproximaran a la ciudad, como finalmente sucedió a eso de las 11 de la mañana de ese día [14].
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Amanecía el domingo 24 de febrero de 1822, cuando el aire de la ciudad de México vibró con el estrépito de una primera salva de 21 cañonazos, a la que siguió la catedral con sus campanas a todo vuelo. Sus tañidos fueron entonces replicados por todas las iglesias, anunciando a la población el primer aniversario de la proclamación del Plan de Iguala, y que este día quedaría instalado el Soberano Congreso Constituyente, el cual supliría a la Soberana Junta Provisional Gubernativa en el trabajo legislativo. En este ínterin, la Regencia del Imperio Mexicano confirió el 8 de mayo, el grado de brigadier al coronel Santa Anna [15].
Tres meses más tarde, el domingo 21 de mayo, Agustín de Iturbide prestó juramento en el congreso como primer emperador constitucional de México. Santa Anna, en Jalapa, dirigió a su tropa las siguientes palabras por motivo de la proclamación del emperador:
“No me es posible contener el exceso de mi gozo, por ser esta medida la más análoga a la prosperidad común; por la que esperábamos y estábamos dispuestos a que se efectuase, aun cuando fuese necesario exterminar algunos genios dísculos y perturbadores, distantes de poseer las verdaderas virtudes de ciudadanos; anticipémonos, pues, corramos velozmente a proclamar y jurar al inmortal Iturbide como emperador, ofreciéndole ser sus más constantes defensores hasta perder la existencia; sea el regimiento que mando el que primero acredite con esta irrefragable prueba, cuan activo, cuan particular interés toma en ver recompensado el mérito y afirmado el gobierno paternal que nos ha de regir. Multipliquemos nuestras voces llenas de júbilo, y digamos sin cesar complaciéndose en repetir, viva Agustín I emperador de México" [16].
Posteriormente, en una carta para Iturbide escribió que su exaltación al trono era “una digna recompensa al mérito sublime y un dique poderosísimo para oponer á la furiosa avenida de las pasiones mas exaltadas.” Agregando, “Viva V. M. para nuestra gloria , y esta expresión sea tan grata, que el dulce nombre de Agustín I se transmita á nuestros nietos, dándoles una idea de las memorables acciones de nuestro digno libertador. Ellas por la historia se eternizarán como es justísimo, y yo en unión del regimiento de infantería de línea núm. 8 que mando, y que bajo mi dirección estaba prontísimo á dar tan político como glorioso paso mucho antes de ahora, sintiendo no hayamos sido los motores de tan digna exaltación, mas sío los primeros de esta provincia que tributamos á V. M. nuestros sumisos respetos; sí los primeros que ofrecemos nuestras vidas y personas por conservar la respetable existencia de V. M. y corona que tan dignamente obtiene, lo que cumpliremos exactamente y nos complacemos gustosos en repetir, somos constantes súbditos que verterán su sangre por el más digno emperador [17].
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Los siguientes ocho meses fueron complicados para el imperio, entre otras cosas por su constante enfrentamiento con el congreso. El descubrimiento de una conspiración republicana en la que estuvieron involucrados civiles, militares y varios diputados, llevó a Iturbide a decretar su disolución el 31 de octubre de 1822. “La representación nacional ya se había hecho despreciable por su apatía en procurar el bien, por su actividad en atraer males, por su insoportable orgullo y porque había permitido que individuos de su seno sostuviesen en sesiones públicas que ninguna consideración debían tener del Plan de Iguala y Tratado de Córdoba...A tamaños males ya no alcanzaban paliativos ni bastantes remedios. Aquel Congreso ni podía ni debía existir;...”[18], escribió posteriormente el emperador al respecto. En el artículo 2° de este mismo decreto, Iturbide indicaba que la representación nacional recaería en la “Junta Nacional Instituyente” en lo que se convocaba a un nuevo congreso. La instalación de la junta se llevó a cabo el 2 de noviembre con 45 diputados y ocho suplentes elegidos por el emperador, de los cuales pocos eran libres de opinión y la mayoría conformada con aquellos que habían manifestado afinidad a su persona y obediencia a sus disposiciones en el congreso. En la apertura de la junta, Iturbide dio un discurso en donde entre otras cosas, recomendó se trataran con preferencia los asuntos relacionados con la hacienda pública pues la carencia de recursos era alarmante, informando también de la ruptura de hostilidades por parte de Dávila en San Juan de Ulúa. En el interín, a fines de septiembre, Iturbide designó al brigadier José Antonio Echávarri para sustituir al capitán general de provincia, Domingo Estanislao Luaces, que ocupaba el cargo desde su creación el 23 de octubre de 1821 y hasta su reciente fallecimiento, dejando en ese momento vacante la capitanía general de Veracruz, Puebla, Oaxaca y Tabasco. Estando en Xalapa, Echávarri recibió la instrucción de dirigirse prontamente a Veracruz, en donde Santa Anna, comandante de la plaza, tenía un plan para capturar la fortaleza de Ulúa [19] [20].
Echávarri llegó a Veracruz el 25 de octubre, en donde Santa Anna le dijo que había enviado a Ulúa algunos hombres con oro para seducir a los españoles; pero que habían sido regresados con el oro y un mensaje del mariscal Dávila: “Que en el castillo había mucho honor y mucho dinero”. También le comentó que Dávila ya había sido relevado del cargo y que lo había sucedido el brigadier Francisco Lemaur, dándose a conocer esta noticia el día previo por medio de una orden del día. También lo puso al tanto del plan que había iniciado para hacerse de la fortaleza. En este, había engañado a Lemaur haciéndole creer que le entregaría la plaza y para ello la noche del 26, dos fuertes contingentes de tropa de la fortaleza se dirigirán a la ciudad guiados por oficiales enviados por Santa Anna. Una vez en la ciudad, serán atacados y desarmados “sin ruido ni resistencia” por fuerzas mexicanas, las cuales se disfrazarán con los uniformes quitados a los españoles. Posteriormente estas fuerzas se embarcarán en las mismas lanchas en que arribaron los españoles desde Ulúa y una vez dentro de esta, se apoderarán de la plaza al caerles por sorpresa. Echávarri desconocía todo sobre la plaza, por lo que aprobó los dichos del xalapeño, quedando con él que ocuparía el baluarte de la Concepción, lugar a donde Santa Anna le enviaría cincuenta cazadores del regimiento No. 8. En tanto que este se encontraría en el baluarte de Santiago, para moverse a donde fuera necesario. Ese día no hubo movimiento alguno en la ciudad que levantara sospechas a Lemaur, quien por la constante comunicación que existía entre Ulúa y Veracruz, siempre estaba al tanto de lo que pasaba. Poco antes de la medianoche del 26, Echávarri se dirigió al baluarte de la Concepción acompañado por Pedro Pablo Velez, dos o tres ayudantes, el coronel Gregorio Arana, su secretario y su guardia de honor compuesta por un sargento y una docena de soldados de su regimiento. Pero antes de llegar a aquel sitio, observó que el baluarte inmediato (posiblemente el de San Juan), estaba sin guardia, por lo que dejó en el lugar a su guardia con uno de sus ayudantes. Al ingresar en el baluarte de la Concepción junto con Vélez, su secretario y ayudantes, notaron con sorpresa que no habían llegado el medio centenar de cazadores y que solo se encontraban allí 12 jarochos. Creyendo que a lo mejor estaban en la estacada, Echávarri envió a uno de sus ayudantes a investigar, regresando este precipitadamente y diciendo que por una horadación hecha por el lado del mar, estaban entrando los españoles guiados por unos de los ayudantes de Santa Anna, Castrillón. En ese momento, se escucharon unas palmadas que dio el comandante del agrupamiento español, a cuya señal alrededor de una decena de granaderos del regimiento de Cataluña, subieron con un oficial por una escalera de material situada a un costado del baluarte. Al llegar a la explanada, el oficial hirió a Vélez con su pistola mientras que los soldados mataban con la bayoneta a tres de los jarocho. Echávarri, junto con sus ayudantes y los jarochos, se abalanzaron sobre los españoles matando a cuatro, obligando al resto a retirarse a la playa y rechazando a los que intentaban subir. Entre tanto, Castrillón saltó de la lancha en la que venía con los españoles y corrió por la playa al muelle, encontrando allí al teniente Eleuterio Méndez con un piquete del 1° de caballería. Sin mediar más nada, le espetó que su jefe había sido muerto o capturado, por lo que Méndez se movilizó a todo galope hasta el baluarte para auxiliarlo. Con este refresco, la defensa en la Concepción obligó a los españoles a reembarcarse, dejando tras de sí algunos heridos, un capitán, un sargento y ochos soldados como prisioneros. Al mismo tiempo, en el bastión de Santiago, Santa Anna enfrentaba a los españoles en un combate aún más fuerte y con una mayor cantidad de bajas por ambas partes, viéndose los atacantes obligados a retirarse en sus lanchas [21]
En los partes, este ataque fue presentado como un intento de Lemaur para capturar la ciudad de Veracruz mientras se intentaba llegar a un armisticio. Enterado de esta celada, Santa Anna tomó las medidas necesarias para repelerlo, como finalmente se logró con el apoyo de los jefes, oficiales y tropas. Por lo anterior, el emperador ascendió a Echávarri a mariscal de campo y a Santa Anna le otorgó las letras de servicio [22].
Pero en un informe interno, Echávarri manifestó sus sospechas de que todo esto había sido maquinado por Santa Anna para que muriera o fuera capturado por los españoles, inconforme por no haber sido nombrado capitán general de la provincia y aun con el riesgo de que cayera la plaza. A esto, se agregaron las repetidas quejas que contra Santa Anna habían levantado Luaces, la diputación provincial, el consulado, muchos vecinos en lo particular y el teniente coronel de su cuerpo, que lo acusaba de insubordinación, del estado de indisciplina que tenía su tropa, la soberbia con la que trataba a sus oficiales y el desfalco de los recursos del regimiento. Por todo lo anterior, para Iturbide fue imperioso removerlo del mando, pero como esto implicaría no pocas dificultades, decidió evitarlas haciéndolo en persona. Para ello viajó a Xalapa, sitio a donde llegó el 16 de noviembre por la tarde. Echávarri acompañó al emperador parte del camino y Santa Anna llegó para felicitarle, situación que aprovechó el emperador para llevar a cabo su propósito. Con la ausencia de Santa Anna, quedó al mando de la plaza de Veracruz el coronel Pedro Madera, pero por medio de una mensaje reservado, se previno al brigadier Manuel Gual, del arma de artillería y encargado del reparo de las fortificaciones, que en el remoto caso de un nuevo ataque de Ulúa o de cualquier otra situación extraordinaria, tomaría el mando presentando esta orden escrita. Mientras tanto, a Santa Anna, sin hacer patente ninguna muestra de desagrado, se le dijo que el emperador necesitaba de sus servicios en México, a donde debía acompañarlo, pero el brigadier excusó no tener dinero para el viaje, pero Iturbide le quitó el pretexto facilitándole quinientos pesos de su bolsillo. Para reemplazarlo en el mando de la plaza y provincia, fue nombrado el brigadier Mariano Diez de Bonilla, comandante de la fortaleza de Perote. Santa Anna entonces solicitó algunos días para dejar sus asuntos arreglados y entregar la comandancia antes de presentarse en la capital del imperio. Iturbide, satisfecho con haber logrado su propósito, preparó su regreso a la ciudad de México, verificando su salida el 1 de diciembre. Santa Anna le acompañó hasta cierta distancia de la villa de Xalapa, fraguando su venganza por la destitución y posiblemente también por un desaire que había recibido por motivo del ceremonial del palacio, al tomar asiento enfrente del emperador. En ese momento, el capitán de la guardia se acercó para decirle: “Señor brigadier, delante del emperador nadie se sienta.” Santa Anna, viendo desde un punto elevado como la comitiva se alejaba por el camino, musitó para sí mismo: “pronto veremos, señor brigadier, si delante del emperador nadie se sienta”, dándose prisa para llegar a Veracruz antes de que se supiera que había sido sustituido en el mando, dando inicio, la tarde del 2 de diciembre, con la asonada que a la postre llevaría a la caída de Iturbide y del primer imperio mexicano [23].


