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sábado, 30 de abril de 2022

El ataque filibustero-corsario a Veracruz de mayo de 1683 (*). Parte IX y última

 

(*) Este texto es parte de un trabajo que originalmente fue expuesto por el autor en la charla ¡Filibusteros, al ataque! Llevada a cabo en la librería "Mar Adentro" del puerto de Veracruz el 17 de mayo de 2018.

Luis Villanueva

Isla de Sacrificios

Viernes 28 de mayo

Durante el día

En una isla cercana a la de Sacrificios,[1] los filibusteros estuvieron separando y repartiendo la ropa robada. La cantidad era enorme, tanta, que una vez clasificada, empezaron a embarcarla y no pararon hasta que levaron anclas. Había camisas tan finas, que uno de los filibusteros dio al barquero que llevaba el sustento para los cautivos, cuatro camisas muy caras a cambio de que le consiguiera en la ciudad una caja para guardar su parte. Ese día la cantidad de alimento que recibieron fue muy frugal, porque la mayoría fue llevada a las naves piratas y otra parte, repartida entre los negros.[2]

Inesperadamente, el sol de la tarde iluminó en el horizonte varias velas de la flota de la Nueva España que se aproximaba al puerto, haciendo surgir la alegría y el optimismo entre muchos. Pero unas horas más tarde, estos sentimientos se tornaron sombríos cuando la flota retornó mar adentro, pues desde Ulúa les avisaron de la presencia de los filibusteros. Estos, al notar le presencia de las naves, empezaron a fanfarronear: “¡Veni flota, eso querer!” No obstante, la vista de las naves provocó inquietud entre ellos pues empezaron a presionar con la entrega del rescate de 150 mil pesos, sin importar que no se hubiera cumplido el plazo. También se pusieron a escoger entre los negros esclavos y libres de ambos sexos a los más jóvenes y sanos, incluyendo a niños entre los ocho y nueve años. Entre tanto, otro grupo de filibusteros fue al lugar donde estaban los cautivos para quitarles, a base de golpes y amenazas, la poca agua que tenían almacenada en jícaras y frascos.[3] [4]

Durante la noche, una tortuga arribó a la isla, en donde fue capturada y volteada por uno de los cautivos, permaneciendo el quelonio en esta posición hasta que amaneció.[5]

Isla de Sacrificios

Sábado 29 de mayo

Durante el día y la noche

La tortuga, soasada, vino a aliviar un poco el hambre de las personas. Era de tan buen tamaño, que hubo ranchos a los cuales les tocó una porción considerable de carne. Durante la tarde, Lorencillo envió desde su navío dos petates de bizcocho que él mismo repartió entre los cautivos. Muchos lo veían de manera agradecida, pues pensaban que, si no hubiera sido por él y su contundente intervención, a esas horas el general Van Hoorn ya les habría pasado cuchillo[6].

Como al medio día por fin llegó el rescate y fue puesto frente a la isla en un sitio en camino a la boca del río. De inmediato salió de la isla una piragua con los 20  acaudalados[7] entre los que se encontraba el gobernador Luis Bartolomé de Córdova, además de un número igual de filibusteros para recoger, y luego  trasladar, los 150 mil pesos a una tartana. Hecho esto, liberaron a todos los cautivos menos al gobernador, que fue llevado de regreso a la isla. Es de hacer notar que los corsarios embarcaron la mercancía más valiosa en los barcos pequeños[8], pues siendo naves ligeras, podrían escapar rápidamente de una persecución o enfrentamiento, quedando las naves de mayor calado como escudo. Así, se minimizarían las pérdidas en el caso de que estas últimas fueran hundidas en un eventual combate.

Por la tarde, nuevamente se vieron las velas de la flota en el horizonte, pero lejos de dirigirse a Sacrificios, enfilaron a la Nueva Veracruz, por lo que los filibusteros decidieron partir duranta la madrugada para evitar ser perseguidos. Como a las cinco de la tarde desembarcaron en Sacrificios más de cien filibusteros, seguidos de otros cincuenta que llegaron posteriormente, permaneciendo de guardia esa tarde y gran parte de la noche.

Cada uno de los filibusteros estaban armados con carabina, escopeta y alfanje, dedicándose todo ese tiempo a  seguir golpeando y amenazando de muerte a la población, amén de destruir unas chocillas para guarecerse del sol que la gente había construido con ramas secas y palos.[9] [10]

Conforme los barcos filibusteros iban partiendo, fueron embarcaron hasta mil quinientos negros y mulatos, desdeñando a los viejos y enfermos.[11] Se embarcaban con tanta prisa que ya no recogieron la carne de res que tenían a la espera de ser recogida en la boca del río y que había sido robada de la hacienda de vacas Santa María Buenavista, perteneciente al ganadero y capitán don Martín Sarmiento.[12] [13]

Isla de Sacrificios

Domingo 30 de mayo

Durante la madrugada y el día

A los dos de la mañana, los filibusteros, a la voz de totili patres, totili patres,[14] empezaron a llamar a los sacerdotes. Estos se escondieron entre la demás gente, por lo que solo dieron con el padre Juan del Castillo, de la Compañía de Jesús y el padre Prior del convento de San Agustín de apellido Rivera, los cuales fueron embarcados en distintos navíos. También se llevaron al gobernador, quien a sabiendas que posiblemente lo iban a degollar, pidió que un sacerdote franciscano de las Canarias le acompañara.[15] [16]

Con el transcurrir de la mañana, la mayoría de las naves filibusteras avanzaron hasta una legua mar en fuera, pero aun así algunos filibusteros regresaron a Sacrificios en una piragua. En esta llevaban de vuelta al padre Castillo y al gobernador,[17] pero no así al prior de San Agustín, que se presume por descuido no lo regresaron.[18] En seguida, los piratas empezaron a buscar a los negros y negras que se hubieran escondido. Hallaron tres o cuatro de estos y se los llevaron.

Entretanto, desde tierra enviaron cuatro barcos[19] a la isla: dos con agua y bizcocho y las otras para que, en conjunto con las primeras, fueron usadas como transporte. Desafortunadamente, de una tartana y un barco de vela de gavia que venían de la boca del río y que eran las últimas embarcaciones enemigas que quedaban en los alrededores, salieron algunas piraguas que las interceptaron y llevaron consigo después de bajar en la isla a la tripulación, dejando a la gente sin comida y transporte.

Mientras, en el horizonte podía verse como la flota filibustera se alejaba lentamente debido a lo escaso del viento y a la mucha carga en las naves.[20] [21]

En la playa frente a la isla había mucha gente a caballo esperando a los prisioneros, pero que ignoraban de la captura de los transportes, por lo que se decidió enviar a la costa a un vecino que sabía nadar muy bien, en un tronco con dos botijas como flotadores.

Esta persona pudo llegar a la costa, en donde dio aviso que todos en la isla estaban sin comer ni beber y sin medios para regresar. Entre tanto, en la isla otras personas fabricaron un par de angarillas[22] con palos bien atados y algunas botijas. En estas se trasladaron ocho personas a tierra (entre ellos un padre jesuita), quienes finalmente lograron arribar no sin estar exentos de riesgo. A raíz del aviso, se enviaron al medio día otros dos barcos con agua y bizcocho, regresándose a tierra en ellos alrededor de 200 personas. Durante la noche, se mandó nuevamente al par de naves con auxilios extras, desalojando a su retorno a más personas. [23] [24]

Mientras, a cientos de kilómetros de allí, en Querétaro, la Cruz de los Milagros comenzó a moverse desde la media noche y continuó así durante las siguientes veinticuatro horas.[25] ¿Acaso auguraba la partida de los herejes filibusteros y el final de tanto sacrilegio?

Isla de Sacrificios

Lunes 31 de mayo

Durante el día

Los barcos estuvieron haciendo viajes de ida y vuelta a la isla para llevar a la gente a tierra. Pero debido al arribo de la armada, olvidaron en la Nueva Veracruz el envío de alimento. Entonces, en uno de los viajes a tierra, en lugar de llegar el transporte al punto de desembarco frente a la isla, se dirigió al muelle de la ciudad para avisar de la situación. De inmediato, el vicario de la fortaleza de Ulúa que se encontraba en ese momento en tierra, solicitó al gobernador interino que enviase con urgencia comida y agua, mismos que llegaron en dos barcos a Sacrificios pasadas las once de la noche.

Durante el día, la flota española, compuesta por dos navíos de escolta, la capitana Nuestra Señora de la Concepción y la Almiranta, Nuestra Señora de Guadalupe y 18 barcos mercantes más de diferentes calados, fue tomando poco a poco posición frente a la ciudad y en los alrededores de San Juan de Ulúa. En la capitana se trasladaba el general Diego Fernández de Saldívar y en la almiranta, el almirante Diego Carlos de Orozco[26], quienes, al desembarcar, se encontraron con una ciudad asolada y a una población lastimada, arruinada, humillada, triste…

Heroica ciudad de la Nueva Veracruz

Martes 1 de junio

Durante la mañana

Los últimos vecinos que quedaban en Sacrificios fueron llevados a tierra al amanecer de este día y luego trasladados a la ciudad a lomo de caballo por los mulatos. Durante el recorrido por la playa, pudieron ver cómo eran devorados por nopos y perros, los cadáveres de las mulas y caballos ensillados y enfrenados. Al llegar a la Nueva Veracruz, la gente se encontró con el ajetreo que producía la llegada de la flota: muchos mercaderes y marineros veían con curiosidad los daños en las construcciones y calles, soldados de a pie y a caballo realizando rondines en la plaza y sus alrededores. También vieron los llantos y gemidos de los conocidos y parientes que se abrazaban buscando consuelo, de las madres reencontrados con sus hijos y esposos, del dolor de centenas al saber de algún familiar muerto por las penurias, los golpes o acaso asesinado de un alfanjazo. También por ver sus casas destruidas y sus bienes saqueados o destrozados.

Las calles, además de haberlas convertido los saqueadores en letrinas, estaban cubiertas de pedazos de puertas, ventanas y mobiliario de las casas y edificios. Y es que todo aquello que los filibusteros no podían llevarse, lo destruyeron. En la iglesia mayor, los sagrarios se encontraban desbaratados, al igual que la vidriera de Ntra. Señora de la Soledad, los ornamentos y las cajas de las limosnas. Todo se encontraba lleno de las inmundicias y olores nauseabundos que surgían de cada rincón del edificio. Por otra parte, aunque no hubo iguales destrozos en las demás iglesias y conventos, el saqueo sí fue una constante.

El monto de lo robado varía de autor en autor, pero según el padre Juan Ávila fue

“…en reales millón y medio en joyas, perlas, plata labrada y de las iglesias…más otro millón en grana, aceite y vino...y los ciento cincuenta mil pesos del rescate otro millón. En ropa de las tiendas y almacenes, ropa de vestir y de arreo de casa otro millón. En más de dos mil esclavos que se llevó  murieron y en lo que destruyó en la ciudad de alhajas, caballos, mulas y ganados otro millón”.[27]

Por su parte, Francisco Xavier Alegre refirió al respecto:

El botín que sacaron de la ciudad, no pudo saberse individualmente. En plata labrada pasaron de mil arrobas: en reales, por la distribución que se supo después, cupieron á cada soldado raso, más de seiscientos pesos, y eran los de esta clase mil y cien hombres, fuera de lo que se partió á cada uno de los once barcos, y lo que tomaron para sí los oficiales y los gefes, cuyas cuotas verosímilmente debieron ser cuatro, seis y aun diez y doce ó veinte veces mayores. Añádense mil y quinientos esclavos, joyas, grana, añil, harina, caldos, lencería y otros muchos efectos de España y de América, de que es la garganta aquel puerto y se confirmará el juicio que se formó entonces de que la pérdida montaba á más de cuatro millones, en solo que ellos pudieron aprovechar.[28]

En cuanto a pérdidas humanas, Ávila y Alegre coinciden en datos: El primero  menciona que fueron hasta 400 vecinos de todas las edades los fallecidos; y entre los filibusteros, unas 40 por motivos que iban desde riñas entre borrachos hasta ahogados en la bahía. De estos últimos, consideró que solo tres murieron a manos de la gente.[29] Mientras que el segundo señala que fueron más de 400 los muertos durante la incursión y toma de la ciudad, y treinta y cinco entre las filas enemigas por “diversos accidentes”. [30] [31]

Pero ¿por qué no atacó la flota española a la filibustera? Pienso que una de las razones podría haber sido su poca capacidad de fuego. La escolta estaba conformada solo por la capitana y la almiranta, las mejor armadas (cada una con ocho cañones de bronce, cuatro de hierro y 24 piezas menores), los otros 18 eran barcos mercantes con dos piezas de bronce cada uno.[32] Pero el motivo principal podría haber sido otro: la mercancía que transportaban. Elías de Babilonia, testigo del ataque filibustero, da testimonio de ello:

“Mientras los piratas estaban en esta isla, llegaron barcos de España y, al entrar al puerto de Veracruz, el virrey informó al general la situación real para que luchara y destruyera a los piratas antes de que llegaran. El general izó la bandera para reunir alrededor de él a los capitanes de todos los barcos y hacer un consejo y compartir la responsabilidad entre ellos, pues el general no quería ser el único culpable porque los barcos estaban cargados con mercaderías. Temía que le hundieran un barco o lo incendiaran en la batalla. Cuando el general se alejó del puerto se reunieron y celebraron su consejo, Lorenci­llo los observó, levanto sus velas y zarpó.”[33]

*****
Este terrible hecho no puede caer en el olvido. El sufrimiento y desdicha que padeció la población de la Nueva Veracruz a causa del descuido, indiferencia o incluso, una posible contubernio de las autoridades de la ciudad con los filibusteros, debe permanecer en la memoria de la ciudad y sus habitantes. El sorpresivo ataque sería el primero de varios que tendrá que padecer la plaza en sus más de cuatro siglos de existencia; de las cuales, cuatro han sido reconocidas como Heroicas en el México independiente.

Sea entonces la narración (incompleta e imperfecto) que les he compartido, un pequeño homenaje de este escribidor e historiadorcillo para todos aquellas mujeres, hombres, niños y ancianos, que vivieron este lamentable hecho hace 339 años.

*****

Lorencillo

(Fragmento)

Como llegó la escuadra, así se aleja,

y así se pierde entre la obscura sombra;

Impune queda tan horrendo crimen,

y solo se levanta vengadora,

de Lorencillo al repetir el nombre,

la maldición eterna de la historia.

                                    General Vicente Riva Palacio[34]

Imagen de encabezado: Barco en el Mar Tormentoso, 1887, por el pintor ruso Iván Aivazovski (1817-1900)

[1] Posiblemente en la isla Verde.

[2] Juan Ávila, “Pillage de la ville de Veracruz par les pirates le 18 Mai 1683 (Expedición de Lorencillo), en Amoxcalli (sitio web), consultado el 1 de enero de 2021, http://amoxcalli.org.mx/paleografia.php?id=266,, f..8v

[3] Agustín Villaroel, “Primera invasión de Veracruz por Lorenzo Jácome y Nicolás Banoren ocurrida en el año de 1683”, en Ignacio Cumplido, El Mosaico Mexicano o colección de amenidades curiosas. Tomo I, México, imprenta de Ignacio Cumplido, 1840, p. 405

[4] Ávila, op. cit., f. 9

[5] Ávila, op. cit., ibídem

[6] Ávila, op. cit., ibídem

[7] Villaroel, op. cit., ibídem

[8] Ávila, op. cit., ibídem

[9] Ávila, op. cit., ibídem

[10] Villaroel, op. cit., ibídem

[11] Ávila, op. cit., ibídem

[12] Villaroel, op. cit., ibídem

[13] En Archivos Notariales de la Universidad Veracruzana (sitio web), consultado el 8 de febrero de 2022, https://eval.uv.mx/bnotarial/detalles.aspx?idA=220_1668_22491&indice=Te&letra=A

[14] En latín, todos los padres.

[15] Ávila, op. cit., ibídem

[16] Villaroel, p. 406

[17] Uluapa Senior, “1683: Carta del rector del colegio jesuita de la Nueva Veracruz”, Veracruz Antiguo, https://aguapasada.wordpress.com/2016/05/31/1683-carta-del-rector-del-colegio-jesuita-de-la-nueva-veracruz/ (consultado el 1 de enero de 2021)

[18] Portal de Archivos Españoles (PARES), “Autos contra el corregidor y otros: invasión de Veracruz”, Gobierno de España. Ministerio de Cultura y Deporte, f.146

[19]  Ávila, indica que fueron tres los barcos. Villaroel, que fueron cuatro.

[20] Ávila, op. cit., f. 9v

[21] Villaroel, op. cit., ibídem

[22] Tablero o plataforma sostenida por dos barras o listones horizontales y paralelos que sirve para transportar una carga entre varias persona. Villaroel escribe que era una jangada (balsa formada por unos seis troncos de madera ligera, con una vela triangular y cuyo timón se maneja calándolo más o menos en el agua) la construida por losvecinos.

[23] Ávila, op. cit., ibídem

[24] Villaroel, p. 407

[25] Sin autor, “La Cruz de los milagros y los milagros de la cruz”, El apostolado de la Cruz, 5 de junio de 1898, p. 157

[26] “Flota de Nueva España 1683”, en Historia Naval de España (sitio web), 8 de abril de 2021, consultado el 12 de febrero de 2022, https://todoavante.es/index.php?title=Flota_de_Nueva_Espa%C3%B1a_1683

[27] Ávila, op. cit., f. 10.

[28] Francisco Javier Alegre, Historia de la Compañía de Jesús en Nueva España, J. M. Lara, México, 1842, p. 39

[29] Ávila, op. cit. ibídem

[30] Alegre, op. cit. ibídem

[31] Ni Alegre ni Ávila  tomaron en cuenta a los 20 filibusteros que murieron durante la incursión de los lanceros de San Lorenzo a la ciudad. Esto quizá a que no tuvieron noticia de ello (algo poco probable) o simplemente porque este hecho no sucedió. 

[32] Julián Córdoba Toro, “Sistema de monopolio comercial de España en América”, en Iberoamérica Social, 6 de junio de 2019, consultada 17 de abril de 2022, https://iberoamericasocial.com/flota-de-indias/

[33] Arturo Ponce Guadian, “El viaje de Ilyas ibn al-quissis Hanna l-Mawsili (Elías de Babilonia o de San Juan) a Europa y Nueva España en el siglo XVII”, en Estudios de Asia y África, Vol. 53, num. 3 (167), 2018, p. 654.

[34] J. Lázaro, La España Moderna (Revista Iberoamericana), Impr. De Antonio Pérez Dubrull, 1889, año 1, No. 7,99 p. 126

lunes, 11 de abril de 2022

El ataque filibustero-corsario a Veracruz de mayo de 1683 (*). Parte VII

 



(*) Este texto es parte de un trabajo que originalmente fue expuesto por el autor en la charla ¡Filibusteros, al ataque! Llevada a cabo en la librería "Mar Adentro" del puerto de Veracruz el 17 de mayo de 2018.

Luis Villanueva

Ciudad y puerto de la Nueva Veracruz

Viernes 21 de mayo

En la ciudad

Los filibusteros, muy galantes, hacían recorridos por la ciudad en coche o a caballo, vistiendo tres o cuatro camisas y otro tantos colchoncillos de seda en las sentaderas y llevando en las ancas a las mulatas, quienes festivas, lucían los vestidos de las señoras. Poco les duraría el gusto, pues en la isla de Sacrificios, días más tarde, las dejarían desnudas.[1]

Ciudad y puerto de la Nueva Veracruz

Viernes 21 de mayo

En la parroquia

    Este día llegó con la noticia de que murieron algunas mujeres en la parroquia y otras malparieron en el insalubre sitio. El cansancio, las incipientes enfermedades, el hambre y la sed, aunado a los contantes golpes y abusos, empezaban a pasar su factura entre la población. En algún momento, un vecino llamado Molfa trabó conversación con algunos filibusteros ingleses, pues conocía esa lengua: -Bien se conoce en el mal cuartel que nos dan que la más gente que viene es francesa. Que si fueran ingleses, nos guardan los fueros de la guerra.- No bien había terminado la frase cuando un galo, que también conocía el idioma, le dio un fuerte golpe, haciéndolo caer de espaldas. De inmediato el agresor le apuntó con su carabina buscando liquidarlo, pero la oportuna intervención de la gente y de algunos filibusteros impidió que este hecho terminara trágicamente.
*****
    Desde temprano, una partida de filibusteros ordenó a los vecinos ricos salir a palacio. Allí permanecieron varias horas, lo que llevó a que los piratas se olvidaran de llevar agua y bizcochos a la gente en la iglesia, por lo que suplicaron al almirante Lorencillo diera la orden de que les llevaran algo. A eso de las dos de la tarde, finalmente les llevaron algunas botijas de agua y tres petates con bizcochos junto con la consabida ración de palos, cintarazos, injurias y amenazas.

Ciudad y puerto de la Nueva Veracruz

Viernes 21 de mayo

En las casas reales

Van Hoorn y Lorencillo no cejaban en su empeño de obtener más dinero. Para ello, desde temprano mandaron a buscar a los más ricos para acordar un rescate por la gente y la ciudad. Las negociaciones no fueron fáciles, incluso se tornaron ríspidas cuando los captores llegaron al punto de exigir doscientos mil pesos. Entonces, entre altercados y amenazas de degüello de parte de Van Hoorn, el capitán Zazueta, parándose violentamente de la mesa, le espetó, retándolo: -¡Pues toca de degüellar!- Los dos hombres se miraron por unos instantes como dos felinos a punto de pelear, situación que seguramente se hubiera dado de no haber sido por la intromisión de sus correspondientes grupos, que finalmente sosegaron los caldeados ánimos. Viendo la situación y que nada de provecho se obtendría, Lauren de Graff prefirió sacar al capitán del lugar.[2] La reunión finalizó a eso de las 11 de la mañana sin que se llegara al acuerdo sobre un rescate de doscientos mil pesos. Los jefes filibusteros, después de constantes amenazas y altercados dijeron que, haciendo uso de su liberalidad y clemencia, se conformarían con esa cantidad.[3] 
    El día transcurrió con las mismas fatalidades y penalidades de los días anteriores. Solo en la noche se dio la novedad de que sacaron de la iglesia a todos los negros y mulatos, hombres y mujeres, corriendo el rumor de que los llevarían a la isla de Sacrificios.

Ciudad y puerto de la Nueva Veracruz

Sábado 22 de mayo

En las casas reales

    Desde temprana hora, el par de líderes filibusteros se volvieron a reunir con los ricos para presionar con el asunto del rescate. Este nuevo encuentro tampoco estuvo libre de amenazas y de los estira y encoge, pero finalmente se pudo llegar a un acuerdo. Lorencillo, leyó entonces, con voz solemne, el punto primordial del documento donde había quedado plasmado el arreglo: -Quedaremos conformes con un rescate de ciento cincuenta mil pesos, que deberán ser entregados antes de diez días. Como garantía del pago, quedarán como rehenes las personas más distinguidas de la ciudad.-[4] Dicho esto, tomó la pluma y tras entintarla, plasmó su firma; enseguida pasó el papel a Van Hoorn para que hiciera lo mismo. Luego el acuerdo fue pasado a cada uno de los vecinos, que también fueron poniendo sus firmas. Eran entonces las diez de la mañana.
    En esas estaban cuando de pronto, un fuerte alboroto empezó a oírse en la plaza y en sus alrededores. Las órdenes a gritos en francés, inglés y español, se entremezclaron con los sonidos de gente corriendo, los relinchos de los caballos y uno que otro disparo. Lorencillo y Van Hoorn rápidamente se asomaron a una de las ventanas de la planta alta de las casas reales, justo para ver el momento en que era disparado el cañón de alarma. En eso, un filibustero entró al recinto y sin mediar más, se dirigió a sus dos jefes: -General…Almirante…En los médanos apareció mucha gente a caballo con lanzas y garrochas.-[5] Jadeante, tomó una bocanada de aire. Gruesas gotas de sudor escurrían por su sucia frente, las manos apoyadas en las rodillas. -Son negros y mulatos. Un grupo de ellos llegó hasta las orillas de la ciudad y mató como a veinte de nosotros.- Van Hoorn y Lorencillo se miraron por un instante temiendo un ataque a gran escala y sin medir palabra, salieron corriendo de la sala no sin antes ordenar que fueran sacados de la iglesia, con excepción de los curas y las mujeres blancas.

Ciudad y puerto de la Nueva Veracruz

Sábado 22 de mayo

En la parroquia

La gente, al escuchar el escándalo y el cañonazo, se asustó pensando que había llegado su fin. Sobre todo, cuando empezaron a sacar abruptamente de la iglesia a los hombres entre amenazas y golpes, dejando allí a los mal heridos y enfermos. De estos últimos, algunos fueron asesinados por no salir de prisa, pues los filibusteros suponían que estaban reacios a abandonar el lugar. 
    Era deprimente ver la larga fila de hombres caminando con dificultad bajo los inclementes rayos del sol después de haber estado varios días apretujados, casi sin descansar, hambreados, sedientos y bajo constante estrés. Las personas tenían la mirada vidriosa, desconcertada, acaso temerosa y con la ropa sucia y desgarrada, si acaso algo conservaban. En su pesado andar llevaban a rastras su hambre y sed mientras eran azotados, vituperados, humillados y obligados a cargar con costales de harina, pólvora, semillas y zurrones de grana que necesitaban de cuatro personas para poder, con trabajo, ser transportados. El sargento Juan Chávez, tuvo que soportar las mismas penurias que el resto de la población, con el agregado de la herida en su brazo por aquél par de escopetazos que le dieron los filibusteros el martes pasado. Viendo que le sería imposible cargar, se acercó a uno de los cabos: -Señor, sigo malo y herido. Le ruego me permita regresar.- El filibustero lo vio por un momento y con una seña le permitió que se retirara. Chávez ya no regresó a la iglesia, sino que fue directo a su domicilio.[6]

Los eclesiásticos quedaron en la iglesia albergando la esperanza de haber sido liberados de los maltratos de sus captores, pues cuando toda la gente había sido sacada, llegó un filibustero a darles el buen viaje, mismo que ellos interpretaron como una despedida. ¡Qué equivocados estaban y que poco les duró el gusto!, pues enseguida entró un grupo de filibusteros a caballo comandado por el general Van Hoorn, seguido por gente de a pie que empezó a echar a los sacerdotes a palos. Solo a las mujeres blancas, a quienes desnudaron, dejaron finalmente en libertad.[7]

*****

Hicieron caminar a los sacerdotes en hilera. En su andar, vieron la calles y casas destruidas, todo asqueroso y hediondo. Todo arruinado. Atrás de ellos, marchaban todas las negras y mulatas, tanto libres como esclavas. Al llegar a la esquina donde se encontraba la casa del capitán Martín Ramón de Nogales, los alcanzó Van Hoorn a caballo con su alfanje en la mano, ordenando a los suyos que detuvieran la marcha de los aproximadamente 90 sacerdotes. Por un instante, más de uno pensó que allí los iban a matar, pero solo fue para que pudieran pasar las mujeres que venían detrás. 

Al llegar a la playa, les ordenaron vestirse con sus hábitos para que desde el castillo los identificaran y no los cañonearan y para que desde tierra no les embistiesen. Así continuaron hasta llegar, hacia el mediodía, apaleados y rendidos de cansancio, a los Hornos, lugar situado a orilla de la playa y a media legua de la ciudad. En ese momento los filibusteros embarcaban al gobernador Bartolomé de Córdova, a los ricos, al vicario Álvarez de Toledo, al rector del colegio de la Compañía de Jesús, al padre guardián del convento de San Francisco y al padre prior del de Santo Domingo. También fueron llegando a aquel sitio grupos de hombres con sus pesadas cargas, de los cuales murieron una decena durante la marcha, exhaustos por el esfuerzo y los golpes, como le sucedió a don Pedro de Estrada, que lo ahogó la fatiga de cargar un costal de harina[8]. A los clérigos les quitaron la poca ropa que llevaban puesta, pañuelos, las medallas de los rosarios, la tumbaga y los anillos. Aquí sucedió que el mulato que había abierto el sagrario de la parroquia de un carabinazo se encontró con don Juan Sánchez de Orejón, con quien tenía rencillas. Al verlo, exclamó: -¡Aquí estás, perro chambergo[9]Y sin decir más, le soltó un balazo a bocajarro, matándolo instantáneamente. Lorencillo, que se encontraba cerca, se aproximó para preguntar qué había pasado. Algunos de los cautivos le explicaron y entonces el Almirante, acercándose al mulato, le inquirió: -¿Por qué lo mataste?– El negro, altanero, respondió sin más: -Porque éramos enemigos.- Lorenzo de Jácome lo miró fijamente a los ojos, acción que el asesino no pudo sostener. -¿Y por eso lo has matado a sangre fría?- Gritó. -¡Pues entonces tú también morirás, perro!- El estampido de su carabina resonó en el lugar hasta que poco a poco se diluyó en el atardecer. Las olas del mar cubrieron ambos cuerpos con su espuma, como si de un sudario se tratara.[10] [11] [12]

*****

   En los Hornos, la población fue poco a poco embarcada a la isla de Sacrificios, siendo necesarios continuos viajes en barcos, piraguas y lanchas para llevarlos a todos hasta las cinco de la tarde, hora en que finalizó el éxodo.

Continúa en la Parte VIII.


[1] Juan Ávila, “Pillage de la ville de Veracruz par les pirates le 18 Mai 1683 (Expedición de Lorencillo), en Amoxcalli (sitio web), consultado el 1 de septiembre de 2018, http://amoxcalli.org.mx/paleografia.php?id=266,, f. 6

[2] Ávila, op. cit., ibídem

[3] Francisco Javier Alegre, Historia de la Compañía de Jesús en Nueva España, J. M. Lara, México, 1842, p. 38

[4] Alegre, op. cit., ibídem

[5] Ávila, op. cit., ibídem

[6] Uluapa Senior, “Combate en la plaza de Armas de la Nueva Veracruz”, Veracruz Antiguo, https://aguapasada.wordpress.com/2013/05/18/1683-combate-en-la-plaza-de-armas-de-la-nueva-veracruz/ (consultado el 25 de enero de 2022)

[7] Agustín de Vertancurt, Crónica de la provincia del Santo Evangelio de México. Tomo III, Imprenta de I. Escalante, 1871, p. 244

[8] Diego de Rivera, “Relación verdadera de la entrada que hizo el enemigo a la ciudad y puerto de la Nueva Veracruz con lo sucedido en un aviso que entró en ella en abril de este año de 1683. Escrito por el bachiller D. Diego de Rivera presbítero”, en Papeles varios del reinado de Felipe IV. Tomo II, p. 237

[9] La palabra chambergo se refiere a un tipo de sombrero que llevaban ciertos cuerpos militares del s. XVII, con ala ancha, una cintilla que rodeaba  la copa y colgaba por detrás y frecuentemente adornos de pluma, como los sombreros de los conocidos mosqueteros. También la forma femenina chamberga se refería al tipo de casaca o levita que gastaban. Esta forma castellana procede del nombre que se daba a un regimiento, regimiento de la Chamberga, de soldados que usaban estas prendas.

[10] Francisco Javier Alegre, Historia de la Compañía de Jesús en Nueva España, J. M. Lara, México, 1842, p.38

[11] Ávila, op. cit., f. 6v

[12] Agustín de Vertancurt, Crónica de la provincia del Santo Evangelio de México. Tomo III, Imprenta de I. Escalante, 1871, p. 244